Nací en Torrijos, a treinta kilómetros al oeste de Toledo, el miércoles 16 de septiembre de 1953, a las seis de la tarde. Nunca he vivido allí. Mi padre era médico y alcalde de un pueblo vecino, y en una interinidad le agregaron Torrijos. Allí conoció a la hija de la farmacéutica. El patio –con pozo, paredes recubiertas de hiedra y manzanilla en el suelo–, el largo pasillo que recorría el primer piso de la casa y las habitaciones vacías son el escenario más remoto de mi infancia. Mi abuela vivió siempre sola en aquella casa inmensa –o inmensa al menos en mi memoria–. A los pocos meses de mi nacimiento nos fuimos a vivir a Tánger. Allí estuvimos cerca de diez años. Tánger era una ciudad entre musulmana y francesa, y en ella convivían armoniosamente todas las nacionalidades y las razas. Por las calles de Tánger paseaban y se cruzaban los derrotados de la guerra mundial, nazis y judíos. El sustrato más profundo de lo que sé procede de los colegios franceses en que estuve. Después nos trasladamos a Alemania, a la región de Suabia, a un pueblecito lleno de fuentes y flores que se llama Schwäbisch Gmünd. Mi padre trabajó en un hospital, hasta que se cansó de levantarse de madrugada para empezar sin luz la jornada de trabajo –así en todas las estaciones–. Luego nos vinimos a Madrid. Durante unos meses todo me resultaba exótico, hasta oír hablar español por las calles. En el Colegio Alemán hice el bachillerato. Era un colegio poco habitual en la época, sólo matinal, mixto, lleno de niños y niñas centroeuropeos. En esos años fueron los veraneos más felices de mi vida. Cruzábamos Francia por carreteras secundarias, unas carreteras estrechas bordeadas de árboles corpulentos que llenaban la calzada de sombra. El final de trayecto lo determinaba el hartazgo de coche: solía ser en algún pueblo pequeño de Suecia, de Inglaterra, de Polonia, de Hungría, de Austria o de Italia, donde ya no podíamos más. Allí montábamos la tienda y nos quedábamos unos días. Lo más bonito de la vida de camping eran los amaneceres con olor a tierra húmeda. Al acabar el bachillerato estudié derecho e hice oposiciones. Mi primer destino estuvo en la vertiente norte del Pirineo: en el Valle de Arán. Allí viví dos años. Después volví a Madrid, donde sigo. Empecé a escribir cuando leí el primer libro de Azorín. Las lecturas impuestas –sólo recuerdo a Fenimore Cooper– eran insufribles. Después de Azorín leí a Unamuno. Fui varias veces a casa de Azorín, pero sólo una vez estuve con él: la tarde del 28 de enero de 1967. Yo tenía trece años y el escritor noventa y tres. Murió treinta y dos días después. Estuve en el entierro. Me han quedado algunas nostalgias –la llanura ondulada de la comarca de Torrijos, la bahía de Tánger, los pueblecitos del interior de Francia y Alemania–, y lo que me gustaría es revivirlas despacio. He estado en América varias veces y, aunque he disfrutado en el trato de sus gentes, no tengo propósito de volver –lo que no quiere decir que tenga el propósito de no volver–. Otros continentes no me atraen. He escrito relatos, poemas, ensayos y sobre todo biografías, quizá porque siempre he vivido en conversación con los difuntos. Los vivos me interesan menos, no sé si por mi insociable sociabilidad (con permiso de Kant) o porque me gusta la conversación, y ésta ni es fácil ni es habitual. Cuando no pueda hacer otras cosas, supongo que podré seguir tocando tangos al piano. Me gustaría tocarlos en algún bar o café, si me dejan.